Mis nietas… mis ángeles

Agradezco a la vida
por las nietas que me ha dado;
no pudo darme otras mejores,
porque las que tengo son únicas…
son como ángeles.

Porque me basta con una mirada
para saber cuánto me aman.

Cuando están tristes,
daría mi vida por verlas sonreír;
no hay felicidad más grande para mi
que verlas llegar diciendo:

¡Hola abuela!

Gracias a la vida, por darme esos tesoros
que son como joyas de gran valor.

Le pido a la vida,
que me ayude a ser una buena abuela,
a darles un consejo
cuándo lo necesiten,
una palabra de aliento
cuando se sientan tristes.
Poder guiarlas en este largo camino
que tienen que recorrer.
Que sus vidas sean una melodia suave
y poder cantar y bailar con ellas
mientras reimos y gritamos de alegria.

.

Texto e imagen: Ana Luisa Betancor Barrios (C)

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El reflejo de una parte de mis sueños rotos

Iba alegre la lechera camino del mercado. Con paso vivo, sencilla y graciosa, sostenía en sus manos un cacharro lleno de leche. Ese día se sentía realmente feliz y a medida que se iba acercando al pueblo, su dicha aumentaba. ¿Por qué? Porque la gentil lechera caminaba acompañada por sus pensamientos y con la imaginación veía muchas cosas hermosas para el futuro.

“Sí-pensaba-. Ahora llegaré al mercado y encontraré en seguida comprador para esta riquísima leche. Sin duda, han de pagármela a buen precio, que bien lo vale. “En cuanto consiga el dinero, allí mismo compraré una cesta de huevos. Lo llevaré a mi casa y de ese montón de huevos, lograré sacar, ya hacia el verano, cien pollos por lo menos.

¡Ah, que feliz me siento de pensarlo solamente! Me rodearán esos cien pollos piando y piando y no dejaré que se le acerque cernicalos, hurones o perros de caza. “Una vez que tenga mis cien pollos, volveré al mercado. Y entonces, entonces…los venderé para comprar un cochino. “Sí, un cochino, no muy grande, negro Canario de esos que dan buena carne pal puchero. ¡Ya me encargaré yo de engordarlo! Crecerá y se pondrá gordo, porque estará bien alimentado con higos picones y fruta de temporada, le dare calabaza, batatas y papas. Será un cochino enorme, con una barriga que ha de arrastrarse por el suelo. Yo lo conseguiré.”

Siguió la lechera su camino, sonriendo ante la idea de ser dueña de tan robusto animal. ¿Que haría? Lo pensó un instante. Y otra vez una sonrisa de felicidad iluminó su linda carita. “Claro está. Ya se lo que me conviene. Ese cochinito magnífico bien valdrá un buen dinero. ¡Con él me compraré unas cabras con sus baifos! ¡Ah, que gusto ver a los baifitos saltar y correr por la montaña! Con el tiempo daran leche, vendere quesos y ganare lo suficiente pa comprar una camella con su gelfa, me ayudara a cultivar la tierra y con la cosecha obtenida ampliare mis tierras, tendre mi propio cortijo y hasta podre criar vacas y ovejas.

De la alegria dio un salto y se le cayo el cacharro de la leche al suelo, corriendo calle abajo. Adios mi cortijo querido! adios a todas mis vacas, menos mal que me queda mi pobre cabra la mocha.

Texto: versión canaria del cuento por Ana Luisa Betancort Barrios

Imagen: Internet

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